En múltiples espacios de diálogo con organizaciones de la sociedad civil suele repetirse una afirmación que, pese a su popularidad, carece de sustento: que el bajo desempeño socioeconómico de cantones como Matina, Pococí, Guácimo, Talamanca, Limón, Sarapiquí y Parrita es consecuencia de la actividad bananera. Sin embargo, la evidencia que ofrecen el Producto Interno Bruto Cantonal del Banco Central de Costa Rica, la Encuesta Nacional de Hogares, el Atlas de Desarrollo Humano Cantonal, el Índice de Competitividad Nacional y el Índice de Gestión Municipal, demuestra lo contrario: el banano ha sido uno de los principales motores económicos de estos territorios durante décadas.
La actividad bananera genera más de mil millones de dólares anuales en exportaciones y aporta cerca de una cuarta parte del Producto Interno Bruto agropecuario nacional. Es un sector estratégico que dinamiza una amplia red de actividades vinculadas al transporte, puertos, logística, comercio y servicios.
En los cantones productores su importancia es aún más evidente. En Matina, el banano representa más del 55% del Producto Interno Bruto cantonal. Es la principal actividad económica en Guácimo y Sarapiquí, mientras que figura entre las de mayor relevancia en Pococí, Talamanca, Limón y Parrita. En otras palabras, donde hay banano también existe una importante fuente de empleo formal, encadenamientos productivos e inversión privada.
La contribución del sector también quedó demostrada durante la pandemia. Mientras gran parte de la economía nacional se paralizaba, la industria bananera continuó trabajando bajo estrictos protocolos sanitarios, garantizando el abastecimiento de los mercados internacionales y preservando miles de empleos. Esa capacidad de resiliencia mitigó el impacto económico para comunidades del Caribe y el Pacífico.
Otro aspecto poco mencionado en el debate público es que la industria bananera paga -en promedio- el salario más alto del sector agrícola, según lo muestra la Encuesta Continua de Empleo (ECE) que el INEC emite regularmente.
A todo ello se suma una inversión acumulada de más de US$87 millones desde el 2014 en sostenibilidad ambiental, investigación, innovación, infraestructura, vivienda, salud ocupacional, certificaciones internacionales y programas de desarrollo comunitario.
Entonces, ¿por qué varios de estos cantones continúan mostrando indicadores inferiores al promedio nacional? La respuesta también está en la evidencia. Los estudios antes mencionados identifican rezagos históricos en infraestructura vial, educación, salud, conectividad, seguridad, gestión municipal, atracción de inversiones y competitividad. Son problemas cuya solución depende principalmente de políticas públicas efectivas y de una mayor capacidad institucional.
Por eso resulta tan preocupante que se siga responsabilizando al banano de problemas estructurales que tienen causas mucho más complejas. Confundir correlación con causalidad conduce a diagnósticos equivocados y desvía la atención de los verdaderos desafíos del desarrollo regional, a la vez que daña la imagen de un sector que ha generado oportunidades donde muchas veces han faltado otras alternativas económicas.
El verdadero reto está en aprovechar la fortaleza del sector bananero como plataforma para mejorar la infraestructura, fortalecer la educación, ampliar la conectividad, modernizar los gobiernos locales, atraer nuevas inversiones y promover actividades que diversifiquen la economía sin debilitar la principal fuente de riqueza existente.
Es momento de abandonar los prejuicios y discutir el desarrollo regional a partir de la evidencia. Reconocer el aporte del sector bananero y consolidarlo como un aliado estratégico, es un paso necesario para construir un Caribe y un Pacífico más prósperos, competitivos e inclusivos.
Omar Sánchez Rojas
Director de Inteligencia de Negocios, CORBANA
Fuente: https://www.larepublica.net/banano-y-desarrollo-entre-la-percepcion-y-la-evidencia/